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Yolanda Arroyo Pizarro: “Imaginar el futuro también es resistir”

Madrid en mayo tiene una forma particular de tocarte: el calor comienza a apretar, pero las flores todavía se empeñan en florecer en cada esquina. Era uno de esos días en los que la ciudad parece no caber en sí misma, abarrotada por la Feria del Libro y el metro funcionando a ritmo de estampida, como si todes tuvieran demasiados planes al mismo tiempo. Yo solo tenía uno: encontrarme con ella.

Quedamos en un bar, lejos del bullicio de las casetas, y al vernos nos abrazamos como si la conversación ya hubiera empezado hacía años. Me contó que la presentación de la reedición de Las Negras en Espacio Afro había sido preciosa, emocionante, llena de afecto colectivo. Que el libro volvía con fuerza y otras capas, después de casi una década desde su primera publicación. Y que, si ese encuentro había sido posible, era todo gracias a nuestra querida Gabriela Wiener, que tendió los hilos justos para que nos cruzáramos. Hablamos de lo importante que era desdigitalizarnos, reconocernos, ponerle cuerpo a esos lazos que la escritura ya había empezado a tejer.

“Ver cómo mis textos habían tocado a les compañeres fue un recordatorio de que las redes afectivas y políticas que tejemos desde la escritura son reales. No son solo likes o comentarios: son conexiones profundas”.

Desde esa complicidad arrancó una conversación que fue trenza, archivo, mapa, río y retorno. Yolanda llegó a Madrid con la nueva edición de Las Negras bajo el brazo. Un libro que reabrió heridas y renombró silencios cuando se publicó por primera vez en 2016. Casi una década después, vuelve con relatos actualizados y una mirada aún más afilada sobre el afrofuturismo, la ancestralidad y las niñas negras del mañana.

En medio de nuestro café, hicimos un repaso por su trilogía literaria más reconocida: Las Negras, Afrofeministamente y Afroalgoritmos. Cada una, dice, responde a una etapa de su pensamiento y su lucha, pero todas nacen de un mismo cuerpo: “mi cuerpo negro, queer, caribeño, herido y luminoso”.

Las Negras, explica, fue la herida abierta. El libro que escarbó en los silencios estratégicos del archivo colonial para dar nombre y vida a las mujeres negras esclavizadas. “Fue la que dijo: ‘vamos a nombrar a las mujeres negras que la historia invisibilizó, aunque duela’”. A través de relatos que cruzan la ficción y la memoria, Yolanda convierte a esas figuras relegadas en sujetas de deseo, poder y narración propia.

Afrofeministamente llegó después como una bitácora de militancia y ternura. “Ahí recojo mi praxis política, mi activismo, mi resistencia encarnada desde los primeros años de una educación que tiene que ser descolonizada”. El libro funciona como manifiesto, como pedagogía cuir, como herramienta de siembra para nuevas generaciones.

Afroalgoritmos es, en sus palabras, “la hija cyborg”. El libro que se lanza al futuro para preguntarse: “¿y si en el 2300 seguimos vivas, qué tipo de mundo vamos a habitar?”. No quiso escribir una distopía por puro cinismo, sino una cápsula de esperanza radical. “Quería imaginar cómo sobrevivimos, cómo inventamos, cómo amamos en medio del colapso”. Afroalgoritmos es su carta de amor a las negras del mañana.

En su obra, lo cuir no es una tendencia, sino una raíz profunda. “Lo cuir es ancestral, desde antes de la colonización, desde el inicio de las civilizaciones. Por tanto, debe ser reinstaurado a futuro”. Su propuesta se inscribe en lo que ella llama afrocuirfuturismo, una estética y una ética desde la cual proyectar nuevos mundos habitables para las cuerpas negras disidentes.

“El afrofuturismo, para mí, es una herramienta de sanación radical. Es la posibilidad de que las cuerpas negras dejemos de ser imaginadas solo desde el dolor, la esclavitud o la carencia, y podamos proyectarnos como sujetas del mañana, del deseo, de la invención”.

Yolanda escribe con un pie en la historia y otro en lo posible. Lo hace desde una cuerpa que también es archivo. “Mi cuerpo guarda la memoria del desarraigo y de la lucha. Del rechazo por ser diferente y del orgullo por no haberme rendido. Guarda la primera vez que me llamaron ‘pata, lesbiana, cachapera’”. Guarda también los abrazos de su abuela, las noches sin luz tras el huracán, la sal del mar Caribe.

En ese cuerpo habita también la imagen de niñas negras que la miran mientras recita. “Como si yo fuera una grieta en el sistema”. Por eso muchas de sus protagonistas son niñas: porque el mundo les ha negado la infancia, el juego, la ternura.
“Yo escribo para desobedecer ese olvido. Las niñas negras de mis cuentos no solo sueñan: también recuerdan, también cuestionan, también viajan al futuro”.

Las trenzas, en su universo literario, son tecnologías. No adornos, sino código. Lenguaje, ruta, archivo. “Me obsesiona pensar que nuestras ancestras esclavizadas trenzaban rutas de fuga, que escondían semillas y armas en sus peinados. Que tramaban libertad mientras las obligaban a servir”. En su saga afrofuturista, las trenzas conectan redes neuronales y se convierten en algoritmos. Occidente puede despreciarlas, pero han sostenido mundos.

A lo largo de la conversación, emergió un recuerdo que la atraviesa: Colombia. No porque habláramos de viajes, sino porque en su narrativa aparece como eco, como frontera espiritual. “Palenque me confrontó con la valentía de quienes escaparon y fundaron mundos libres”, dice. “Las Matamba me recordaron que la literatura puede ser machete, puede ser tambor”. Allí, encontró palabras que no sabía que necesitaba: “tonga, cimarrona, semilla”.

La memoria, en su obra, no busca condescender con el archivo colonial. “El archivo colonial está lleno de silencios estratégicos”. Su trabajo, dice, es llenarlos con voces negras, cuir, disidentes. “A veces invento nombres. A veces revivo historias. Pero siempre desde una ética del cuidado”.

No hay separación entre su escritura, su activismo y su labor educativa. “Todo es parte del mismo tejido”, afirma. Cuando trabaja con jóvenes negras y queer, no les enseña literatura: les ofrece claves de resistencia.

“No busco replicar modelos coloniales de enseñanza. Quiero sembrar duda, deseo y desobediencia”.

En su novela en curso, imagina un mundo donde la genética revela el “género dominante” de vidas pasadas. La excusa perfecta para terapias de corrección y fundamentalismos. Pero también una oportunidad para que les jóvenes cuir se rebelen. “Usan esa información para reclamar su derecho a la transición, a la espiritualidad, a la alegría”.

Otro de sus proyectos recientes fue Cüiruba, una propuesta de espiritualidad ética alternativa creada junto al arquitecto Regner Ramos. Allí no había púlpitos, pero sí trenzas, semillas, poesía. “Fue un laboratorio de espiritualidades negras, cuir y caribeñas. Un templo nómada, un altar colectivo que nos devolvía la posibilidad de creer sin obedecer estructuras patriarcales”.

Yolanda no separa lo poético de lo político. Escribe como si sembrara constelaciones para niñas que todavía no han nacido. Como si dejara mensajes para cuerpas futuras que algún día leerán sus libros y sabrán que fueron soñadas.

Al terminar la entrevista, le pregunté qué le da esperanza, y sin detenerse a pensarlo me dijo:

“Me da esperanza cada niña negra que escribe un poema sin pedir permiso.
Me da esperanza cada persona trans que vive su verdad aunque le cueste todo.
Me da esperanza cada abrazo, cada colectivo que se organiza, cada libro que se comparte boca a boca”.

Porque, como ella misma afirma, la esperanza no es ingenuidad. Es resistencia. Es insistencia. Es escribirnos el porvenir. Es recordarle al sistema que aunque lo siga intentando, no nos puede borrar.

Entrevista a cargo de Ana Bueriberi

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