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Un hombre vestido con chaqueta azul marino espera por mí en la esquina de la 6ta Avenida, justo frente a la entrada al Centro Cultural de España en Guatemala. Mira hacia los lados, buscando a la persona con quien acordó el encuentro. La luz solar del mediodía busca enraizarse en su pelo negro crespo. Es Wingston González, el poeta que no cree en la meritocraca, ni en que el hombre puede hacerse a sí mismo. El poeta que—cito textualmente— “rompió con 13 años de tradición” en el Premio de Literaturas Indígenas de América al consagrarse como el primer guatemalteco en obtener esta distinción por una obra, además, escrita en garífuna.
—Vos, ¿tenés mucho tiempo aquí en Guatemala? —
—No, llegué ayer en la noche desde Honduras, pero antes estuve en Livingston, no conocía, allá conocí a Wilson (tu primo) y él fue quien me compartió tu número—
—¡Ah, si! Somos primos como de tercera generación, pero en los garífunas la familia es una cosa extendida—
A Wingston no le gusta el café, evita la bebida y no suele salir mucho, pero tiene un lugar predilecto cerca de la Plaza Central, sobre la misma 6ta avenidam es “Catafixia”, una librería independiente, con pisos de mosaicos en colores ocre, marrón y blanco. A los costados de la entrada se pueden observar libros en exhibición que están protegidos por cúpulas de vidrio, como dos vientres transparentes en cuyo interior se encuentran letras de distintos países reposando en quietud.
La caminata hacia “Catafixia” es la introducción a los siguientes 57 minutos de plática. Nos acercamos a la librería sosteniendo una conversación sobre la cultura garífuna, la familia, la lucha por las tierras, y entonces algunas palabras en garífuna aparecen como luciérnagas que se encienden aleatoriamente para reventar la opacidad monolingüe.
Un hombre vestido con chaqueta azul marino espera por mí en la esquina de la 6ta Avenida, justo frente a la entrada al Centro Cultural de España en Guatemala. Mira hacia los lados, buscando a la persona con quien acordó el encuentro. La luz solar del mediodía busca enraizarse en su pelo negro crespo. Es Wingston González, el poeta que no cree en la meritocraca, ni en que el hombre puede hacerse a sí mismo. El poeta que—cito textualmente— “rompió con 13 años de tradición” en el Premio de Literaturas Indígenas de América al consagrarse como el primer guatemalteco en obtener esta distinción por una obra, además, escrita en garífuna.
—Vos, ¿tenés mucho tiempo aquí en Guatemala? —
—No, llegué ayer en la noche desde Honduras, pero antes estuve en Livingston, no conocía, allá conocí a Wilson (tu primo) y él fue quien me compartió tu número—
—¡Ah, si! Somos primos como de tercera generación, pero en los garífunas la familia es una cosa extendida—
A Wingston no le gusta el café, evita la bebida y no suele salir mucho, pero tiene un lugar predilecto cerca de la Plaza Central, sobre la misma 6ta avenidam es “Catafixia”, una librería independiente, con pisos de mosaicos en colores ocre, marrón y blanco. A los costados de la entrada se pueden observar libros en exhibición que están protegidos por cúpulas de vidrio, como dos vientres transparentes en cuyo interior se encuentran letras de distintos países reposando en quietud.
La caminata hacia “Catafixia” es la introducción a los siguientes 57 minutos de plática. Nos acercamos a la librería sosteniendo una conversación sobre la cultura garífuna, la familia, la lucha por las tierras, y entonces algunas palabras en garífuna aparecen como luciérnagas que se encienden aleatoriamente para reventar la opacidad monolingüe.
—Quería ser rapero. Todos en mi pueblo querían ser raperos, pero yo soy tartamudo, entonces todo mal. Mi amiga, que es dueña de acá [librería Catafixia], dice que hubiera sido un éxito ser un rapero tartamudo. Quería ser rapero, pero me dediqué a la palabra, a leer, a la palabra escrita, a la palabra impresa.
En Livingston completó el nivel básico de estudios, pero luego, para continuar debía dejar el puerto. Le pareció buena idea irse al altiplano «con las montañas» y el frío del departamento de San Marcos, al suroccidente de Guatemala. Allá estudió en un colegio de monjas con una beca que sus maestros le ayudaron a obtener. Cambió la música tropical por el rock pesado y el black metal. Vestía camisas de monstruos o con estampados de Burzum. Era «loco, satanista y rockero», y todo eso no era sino la reafirmación de una esencia plenamente garífuna, aunque ya no hablara la lengua, aunque ya no habitara el espacio, aunque ya no se escondiera bajo la cama para escuchar embelesado, cómo su madre y su abuela se contaban e interpretaban los sueños.
—Para mí escuchar sueños, escuchar, relatar sueños, es muy parecido a la poesía, porque...mientras la narrativa ocurre generalmente dentro del mundo tangible, real, lineal, que hay una historia, poesía ocurre en medio, en lo liminal, entre lo que ya es y lo que todavía no es—
Aunque a los cinco años había dejado de hablar garífuna sabía escribirlo, «aprendí a escribir mucho antes incluso de querer recuperarlo, mucho antes, desde niño». No recuerda bien si tenía 10 o 12 años cuando una misión evangélica del Summer Institute of Linguistics (SIL) compuesta por personas garífunas convertidas, llegaron a Livingston a traducir la Biblia.
—Gran parte de la preservación del idioma y, de hecho, la creación de la cultura escrita proviene de los esfuerzos religiosos, especialmente de la SIL, Summer Institute of Linguistics, que eran estas gentes que se iban de pueblo en pueblo a traducir la Biblia. Pensamiento colonial y todo lo que vos querrás. Quiera que no, aportaron documentos y conocimientos para mis abuelos, y la gente espiritual diría que los ancestros los usaron. Entonces aprendí a escribir con SIL.
Leyó a Salvador Suazo y a Xiomara Cacho Caballero, pero cuando conoció la poesía de Marcella Lewis con Walagante Marcella/ Marcella Our Legacy, un poemario bilingüe en garífuna e inglés publicado en 1994 por el National Garífuna Council de Belize, entendió que era momento de volver al garífuna, esta vez mediante el mundo letrado.
—Todo ese libro trae desde sus escritos a la Virgen María hasta su vida, pero tiene unos dos o tres poemas impresionantes. Descubrí ese libro y fue como, «ok, la poesía garífuna existe, hay que hacerla y volver»—
Influenciado también por la poesía de José de Esporonceda, del siglo de oro español y de la narrativa latinoamericana de César Moro, Blanca Varela y César Vallejo, comenzó a escribir rimas que dedicaba a sus compañeros. Participaba en concursos de literatura, a donde enviaba versos en cantidades modestas. Escribía solo para concursos, hasta que en el 2005 la editorial Cultura publicó el poemario Los magos del crepúsculo [y blues otra vez]. Acumulaba premios pero también libros, porque cada concurso le permitía agrandar la biblioteca.
No fue artista plástico ni rapero, sino escritor, o como él se define a sí mismo «un señor transdisciplinario». Disfruta de la poesía clásica occidental, tanto como de la poesía indígena.
En la isla de Goreé, en las costas de Dakar, Senegal, existe un sitio histórico conocido como la «Puerta sin retorno», un lugar estrecho por donde se dice que las personas africanas eran sacadas del continente para atravesar el Atlántico. Eran arrancadas de su tierra, de su lengua…de su historia. En la Guatemala de Wingston González, el garífuna, en cambio, fue la puerta del retorno, el umbral que lo trajo de vuelta a la lengua, a la cultura de los sueños que se convirtieron en poemas, a la espiritualidad negra indígena que se transformó en versos.
«Yágütaguarügü / Un poquito más allá» obra bilingüe escrita en garífuna y español y ahora galardonada por el Premio de Literaturas Indígenas, 2026, se compone de poemas con una traducción intertextual: revelar dos esencias desde la cosmovisión garífuna.
—Son poemas sobre alguien que recibe la visita de un gubida (una entidad más trascendental) disfrazado de la chica que más le gusta, alguien que viaja al Alseiri, para ver a su padre; entre comiendo, declaraciones, notas académicas a pie del texto, tiene más que ver con la experiencia, con la vida y con lo vital, un poco con lo vital como espiritualidad—
La traducción de «Yágütaguarügü» es aproximada, porque tiene un sentido de orden filosófico.
—Es lo que está allá, pero no está tan allá para ser allá. No es la lejanía. Es la cercanía, pero tampoco está tan cerca para ser acá. Lo liminal. En español se llama “un poquito más allá”. Lo mejor que se puede, tampoco es tan buena. Cuando empecé a pensar en esa palabra, ¿Qué cosas están? No están lo suficientemente lejos para ser desconocidas, pero no están lo suficientemente cerca para ser familiares—
Algunos poemas nacieron en garífuna y otros en español. Y eso reafirmó algo que Wingston ya sabía: que todos los escritores indígenas son traductores, y que la traducción es un artificio más. No es una obra escrita en garífuna, sino una escritura poética desde la tradición garífuna.
Ahora Wingston González no busca depositar sus rimas sobre bases musicales y ritmos sincopados como en el rap, en su lugar, busca tiempo para escribir una novela, para terminar un libro de cuentos, para terminar otro poemario sobre espiritualidad garífuna, y para incursionar en la dramaturgia. Después de 57 minutos de plática, el poeta garífuna que alguna vez quiso ser rapero debe irse. En algún lugar lo esperan para compartir el almuerzo.
Contrario a otros días, hoy deseo que el mundo no acabe pronto porque la poesía garífuna de Guatemala está de vuelta.
Un texto de Ana Hurtado Pliego.