
En el imaginario político occidental, la Revolución Francesa se presenta como el punto de origen de la modernidad, la cuna universal de los derechos humanos y el amanecer de la libertad. Sin embargo, esta narrativa, repetida durante más de dos siglos, encierra una sombra persistente: la Revolución Haitiana (1791–1804). En aquella colonia esclavista —donde la brutalidad era estructura, la economía dependía del trabajo forzado y la mayoría de la población era africana o afrodescendiente— surgió una insurrección que no solo abolió la esclavitud, sino que transformó de raíz los fundamentos filosóficos y políticos del mundo atlántico.
Si París erigió sus principios desde los salones ilustrados y los pactos entre élites, Haití hizo estallar el orden colonial desde la profundidad de una sociedad esclavizada. Esta diferencia no es menor: es la evidencia más clara de que Haití no fue una prolongación periférica del proceso francés, sino su antítesis fundamental. Como advirtió Michel-Rolph Trouillot, la revolución protagonizada por personas negras esclavizadas resultaba “impensable” para la modernidad europea no por falta de importancia, sino porque no cabía en su estructura conceptual (Trouillot, 1995).
La Francia revolucionaria proclamaba la igualdad mientras mantenía la esclavitud; Haití llevó esa igualdad hasta sus consecuencias más radicales: la libertad absoluta.
Filosofía política nacida desde la esclavitud
La teoría dominante sugiere que las revoluciones modernas surgen de la filosofía: Rousseau inspirando a Robespierre, Montesquieu guiando debates constitucionales. Pero en Haití el proceso fue otro. La fuerza espiritual e intelectual que sostuvo las resistencias de las comunidades esclavizadas no provenía de los textos europeos, sino del vudú, de cosmologías africanas y de formas comunitarias de organización clandestina.
Glodel Mezilas ha descrito este universo simbólico como una “cosmogonía de la liberación”, fundada en la sacralidad de la vida, la reciprocidad y la dignidad humana (Mezilas, 2016). Lo cierto es que esta tradición filosófica rompe con la ontología moderna europea basada en la relación sujeto/objeto —pilar del dominio colonial— y propone, en su lugar, relaciones sujeto/sujeto, horizontales y comunitarias.
Aquí comienza la distancia con la Revolución Francesa. Mientras la Ilustración proclamaba igualdad, lo hacía desde un marco que seguía deshumanizando a personas africanas y afrodescendientes. Haití, en cambio, edificó la primera república negra sobre principios espirituales y éticos surgidos de la experiencia diaspórica africana. El lema “vivir libres o morir” no provino de ningún filósofo europeo: fue la afirmación existencial de quienes sobrevivieron al sistema esclavista.
Un desafío para la teoría marxista
La revolución haitiana tampoco encaja en los esquemas del marxismo clásico, donde las revoluciones emergen del desarrollo capitalista, el conflicto entre burguesía y proletariado, y la acción de un sujeto industrial organizado. Como señala Jamin Anderson (2024), Haití no siguió este libreto. La insurrección nació de plantaciones, rituales colectivos, redes de resistencia y espiritualidades africanas, no de fábricas ni sindicatos.
Esa realidad tensiona directamente la frase de Lenin: “Sin teoría revolucionaria no puede haber movimiento revolucionario” (Lenin, 1902). Haití demuestra lo contrario: la praxis precedió a la teoría. No hubo partido de vanguardia ni programa europeo; la revolución emergió de la memoria africana, de la resistencia espiritual, cultural y política.
Incluso dentro del marxismo haitiano surgieron tensiones. Étienne D. Charlier argumentó en 1954 que Toussaint Louverture era menos progresista que André Rigaud por su distancia respecto de la filosofía ilustrada francesa. Pero Emmanuel C. Paul respondió en 1955 que exigir adhesión a categorías europeas era una forma de eurocentrismo que ignoraba el carácter radical e irreconciliable del proyecto haitiano frente a la esclavitud (Paul, 1955). Esta disputa refleja la dificultad histórica de reconocer la autonomía intelectual de Haití.
El silencio de la modernidad
¿Por qué la Revolución Haitiana no ocupa en la historiografía el mismo pedestal que la francesa? Trouillot sostiene que este silenciamiento obedece al racismo epistémico que estructura la modernidad (Trouillot, 1995). Para las élites europeas, una revolución dirigida por personas negras esclavizadas era conceptualmente inadmisible. Por ello, incluso historiadores influyentes como Eric Hobsbawm relegaron a Haití a los márgenes del relato histórico, perpetuando así la invisibilización de sus aportes a la política moderna.
El progresismo europeo, aunque crítico, también reprodujo esta omisión. Al centrar París como origen universal de la libertad, pasó por alto que Haití realizó —en condiciones radicalmente adversas— la revolución más consecuente de todas: abolió la esclavitud, desafió la economía colonial y proclamó la igualdad racial cuando Europa aún la consideraba imposible.
Haití como ruptura y cómo porvenir: Una lectura desde la exterioridad
Para comprender la singularidad haitiana, Enrique Dussel ofrece una clave distinta. Su Filosofía de la Liberación propone partir desde la exterioridad, es decir, el punto de vista de los oprimidos (Dussel, 1998). Esta perspectiva permite situar la experiencia haitiana no como anomalía o hecho imperfecto de Francia, sino como un proyecto político propio y legítimo. Dussel no explica Haití desde París; explica París desde Haití.
Lo ocurrido entre 1791 y 1804 no fue una extensión tropical de la Revolución Francesa, fue su límite y su negación. Francia proclamó la igualdad, pero mantuvo la esclavitud; Haití abolió la esclavitud y proclamó la igualdad. Francia habló en nombre de la humanidad, pero excluyó a millones de personas negras; Haití convirtió a esas personas en protagonistas históricos.
Por eso, interpretar la Revolución Haitiana únicamente como “revolución negra” es reducir su alcance. Fue, en realidad, la primera revolución verdaderamente universalista. Su mensaje recuerda que la libertad no es propiedad intelectual de Europa, que la modernidad puede nacer desde la periferia y que la dignidad humana puede afirmarse incluso en los espacios más devastados por la deshumanización.
Haití no fue la continuación de Francia. Fue su desbordamiento.
Una reflexión de Jackson Jean
Referencias :
Anderson, J. (2024). Análisis sobre la Revolución Haitiana [Video]. Instagram. https://www.instagram.com/reel/DRy-g4_Dfub/?igsh=bWE3b2ZvbWE0eXd4
Bauer, C. F. (2019). La Filosofía y Teología de la Liberación Haitiana en la Historia y en la filosofía mundial: Re-pensando en un marco reflexivo–inclusivo.
Charlier, E. D. (1954). Aperçu sur la formation historique de la Nation haïtienne.
Colmenares, J. (2014). Dussel y el método de la Filosofía de la Liberación.
Colmenares, K. (2022). Hacia un Marx decolonial para el siglo XXI. https://tinyurl.com/5xckkd5u
Dussel, E. (1998). Ética de la Liberación en la edad de la Globalización y de la Exclusión. Trotta.
Lenin, V. I. (1902). ¿Qué hacer? Problemas candentes de nuestro movimiento.
Mezilas, G. (2016). Que signifie philosopher en Haïti ? Un autre concept du vodou. L’Harmattan.
Paul, E. C. (1955). Questions d’Histoire (Étude Critique).
Retamozo, M. (2007). Enrique Dussel: Hacia una Filosofía política de la Liberación. Notas en torno a las 20 tesis de política.
Trouillot, M.-R. (1995). Silencing the Past: Power and the Production of History. Beacon Press.