Revista

Ruido: cuando existir ya es un gesto político

Hay películas que se ven y otras que se sienten. Ruido pertenece, sin duda, a las segundas. Una apuesta que, sin levantar la voz ni explicarse de más, deja marca. Y en ese pequeño gesto de ocupar espacio sin pedir permiso reside gran parte de su potencia.

Nos sentamos a hablar con Latifa Drame y Asaari Bibang en el hall de los Cines Verdi, a escasos metros de la sala donde, horas antes, se había celebrado el preestreno. Aún se podía notar en el aire esa expectación nerviosa que nos acompaña en los días importantes gente entrando, saliendo, carteles, focos, conversaciones cruzadas, abrazos, risas y sonrisas cómplices. Hablar de Ruido justo ahí, en ese umbral entre la sala y la calle, resultaba casi simbólico. 

Porque la película habita precisamente ese espacio: el de las historias que han estado siempre aquí, pero que durante demasiado tiempo no han sido miradas como parte del cine español. Como apuntó Asaari durante la entrevista: 

“Lo importante es que no se lea desde la otredad, porque eso también es de aquí. También forma parte de lo que ocurre.”

Ruido es un triple hito. Es el primer largometraje Filmin Original, el primer proyecto original de la plataforma que da el salto a salas de cine, y una película protagonizada por una mujer negra, algo aún excepcional en la industria del cine en España. Además, marca el regreso de Asaari Bibang al cine tras más de una década, en un papel que rehúye cualquier lugar común y apuesta por la complejidad emocional.

Pero reducirla a sus logros industriales sería quedarse en la superficie. La película es, ante todo, una respuesta a décadas de representación distorsionada de la juventud racializada en el Estado español. No desde la denuncia explícita, sino desde algo mucho más incómodo: la normalidad.

“Ruido es antirracista no porque lo declare, sino porque existe.”

Lati no interpreta a una joven cualquiera: se interpreta a sí misma. Estudia,trabaja, duda, cuida, se equivoca y encuentra en el rap un refugio. No hay épica de ascenso ni promesas de redención. Hay barrio, duelo, maternidad, música. Y nos muestra cómo la protagonista toma la palabra como espacio de búsqueda de la identidad y como herramienta de resistencia.

“Para mí el rap siempre ha sido un refugio”, dice Lati mientras esboza una sonrisa. Por eso, en el largometraje el rap no aparece como trampolín hacia el éxito, sino como casa. Como lugar donde la rabia se ordena y la frustración se transforma en lenguaje. Un rap que conecta con la negritud, con lo colectivo, con el parque y con las plazas, lejos de la lógica del triunfo individual que tantas veces ha dominado este tipo de relatos.

Asaari lo expresa con claridad: la película permite que sus personajes sean sin que todo tenga que pasar por su racialidad. Y eso, paradójicamente, es lo que la convierte en profundamente antirracista.

“El simple hecho de tener espacio y de ser ya es un posicionamiento.”

El barrio, por su parte, no aparece como obstáculo a superar ni como decorado de miseria estetizada. Está en el centro. Como tejido humano, contradictorio, afectivo. Es admirable la forma en que la directora no impone una mirada externa, empapándose de los espacios y las realidades que quiere narrar y dejando que sean quienes hablen. Reconectando con lo humano del barrio sin blanquearlo, romantizarlo o criminalizarlo. Mostrándolo desde dentro.

La emocionalidad es otro de los grandes aciertos de Ruido. La película se sostiene en un equilibrio delicado entre el dolor y la ternura, entre la risa y el nudo en la garganta. No fuerza el drama ni convierte el sufrimiento en espectáculo, y se aleja conscientemente del estereotipo de la “mujer negra fuerte” que todo lo aguanta. Aquí el dolor no se exhibe: se transita.

“Las escenas más duras tenían que grabarse juntas porque no se trata de aguantar el dolor, sino de atravesarlo sin convertirlo en espectáculo.”

Aminata, a quien da cuerpo Asaari, encarna a una mujer a la que la película no le exige fortaleza permanente ni respuestas ejemplares. Puede dudar, puede parar, puede no saber. No porque sea frágil, sino porque es humana. Ruido se permite mostrar esa complejidad sin pedir explicaciones ni moralejas. Y en el negar la obligación de sostenerlo todo hay una forma clarísima de resistencia afrofeminista.

Las comparaciones con 8 Mile han sido inevitables. Comparten barrio y barras, pero quedarse ahí es una lectura fácil. La película fue un hito en su momento porque abrió un agujerito en el barrio de Detroit que vio crecer a Eminem y lo representó desde los códigos de su época, situándolo en el centro del relato. Pero hablaba desde otro contexto completamente distinto, era otra mirada y otra centralidad. 

Ruido, en cambio, pertenece a este tiempo y a una nueva generación. No mira el barrio como excepción ni como relato que necesita validarse, sino como espacio cotidiano, complejo, y plenamente presente. Reivindicando que las mujeres negras no necesitamos que nadie nos de voz, porque ya la tenemos.

Tal vez por eso parte de la recepción crítica aún parece quedarse corta. No por falta de sensibilidad, sino porque el ecosistema cultural todavía está afinando las herramientas para acompañar películas que no piden permiso ni traducción, que no se explican para resultar cómodas. 

Lati lo expresaba desde otro lugar, más cotidiano, más cercano: “yo no rapeo para llegar a ningún sitio, rapeo para poder quedarme”. Una idea que atraviesa toda la película. Ruido no corre, no acelera, ni busca impresionar. Se queda el tiempo suficiente como para que algo haga clic.

Y en ese quedarse, en esa calma sin concesiones, hay una invitación a mirar sin prisas, escuchar sin comparaciones fáciles y permitir que la historia haga lo que sabe hacer. Acompañar.

Entrevista realizada por Ana Bueriberi

También le puede interesar...