
Marruecos e Israel han dado un nuevo paso en su acercamiento político. En una cumbre celebrada este miércoles en Nueva York y auspiciada por Estados Unidos, los tres países renovaron sus compromisos y Rabat y Tel Aviv acordaron elevar sus misiones diplomáticas al rango de embajadas y nombrar embajadores. También se comprometieron a ampliar los vuelos, cerrar acuerdos de protección de inversiones y doble imposición y organizar nuevas visitas de alto nivel.
Pero este acercamiento no empieza ahora, la alianza entre Marruecos, Israel y Estados Unidos se ha ido construyendo durante los últimos años alrededor de intereses diplomáticos, económicos y militares, y el Sáhara Occidental ocupa un lugar central en esta relación, este paso se consolida a costa de dos pueblos sometidos a ocupación y privados de su derecho efectivo a la autodeterminación, el palestino y el saharaui, dos pueblos que quedan atravesados por esta arquitectura de poder.
En diciembre de 2020, Marruecos normalizó sus relaciones con Israel dentro de los llamados Acuerdos de Abraham impulsado por Washington. Ese mismo proceso estuvo acompañado por la decisión de la Administración Trump de reconocer la soberanía marroquí sobre el Sáhara Occidental, apartándose de la posición internacional mayoritaria sobre un territorio que Naciones Unidas continúa considerando territorio no autónomo pendiente de descolonización. La declaración trilateral firmada por Estados Unidos, Marruecos e Israel recogía expresamente tanto la normalización como el reconocimiento estadounidense de la soberanía reclamada por Rabat.
Tres años después, en julio de 2023, Israel también reconoció formalmente la soberanía marroquí sobre el Sáhara Occidental. Netanyahu comunicó la decisión a Mohamed VI y planteó incluso la posibilidad de abrir un consulado israelí en Dajla, dentro del territorio saharaui. Rabat obtenía así el respaldo de dos aliados estratégicos a una reivindicación territorial que Naciones Unidas no reconoce como soberanía marroquí.
No solo eso, las relaciones entre Marruecos e Israel se han extendido al ámbito militar. En 2021 ambos países firmaron un acuerdo de defensa que incluye cooperación en inteligencia, industrias militares y adquisición de armamento. Y en 2024 se conoció un acuerdo valorado en alrededor de 1.000 millones de dólares para que Marruecos adquiriera un satélite espía Ofek 13 de Israel Aerospace Industries, según informaron medios marroquíes y fuentes israelíes citadas por Reuters.
Por eso, el encuentro de Nueva York no puede entenderse únicamente como la apertura de dos embajadas. Supone una nueva etapa de una relación estratégica en la que Rabat obtiene respaldo diplomático y cooperación militar de dos de sus principales aliados internacionales, mientras Washington y Tel Aviv profundizan su relación con un socio estratégico en el norte de África.
El Sáhara Occidental es una pieza fundamental de este tablero. Marruecos ocupa aproximadamente el 80 % del territorio y reclama su soberanía, mientras el pueblo saharaui reivindica la independencia. La cuestión sigue sin estar resuelta internacionalmente y el pueblo saharaui mantiene reconocido por Naciones Unidas su derecho a la autodeterminación. El Sáhara Occidental continúa figurando ante la ONU como territorio no autónomo y la Corte Internacional de Justicia determinó en 1975 que no existían vínculos de soberanía territorial entre Marruecos y el Sáhara Occidental que anularan la aplicación del principio de autodeterminación.
Desde esta perspectiva, la estrategia de Rabat puede interpretarse como una búsqueda de mayor respaldo internacional para consolidar su posición sobre el Sáhara Occidental y proteger sus intereses geopolíticos, al mismo tiempo que profundiza su integración diplomática, económica y militar con Washington y Tel Aviv. No es casual que dos de los Estados que han reconocido la soberanía marroquí sobre el Sáhara, Estados Unidos e Israel, sean precisamente los dos actores con los que Marruecos está reforzando ahora esta alianza.
El encuentro de Nueva York muestra así algo más amplio que una normalización diplomática, Rabat, Tel Aviv y Washington profundizan un eje político y estratégico que conecta cooperación militar, inversiones, seguridad y la disputa por el futuro del Sáhara Occidental.