
Cuando nos preguntamos qué está pasando en el departamento de Córdoba, Colombia el relato dominante señala cuestiones climáticas: frentes fríos, lluvias extremas, crisis climática. Y no es mentira, pero sí es una forma de simplificar el problema. Porque cuando el desastre golpea con más fuerza a territorios periféricos y a cuerpos racializados y empobrecidos, la explicación deja de ser sólo climática y se vuelve política, histórica y estructural.
En uno de los momentos más violentos de Colombia, entre los años noventa y principios de los dos mil, con el auge del paramilitarismo, el desplazamiento forzado y la militarización del campo, se construyó la represa de Urrá. Un megaproyecto presentado como desarrollo, progreso y modernización. Pero se levantó inundando territorios del pueblo Embera Katío, rompiendo formas de vida ancestrales, afectando la pesca, la movilidad, la espiritualidad y la organización social de comunidades que dependen del río para existir.
Cuando esas comunidades resistieron, fueron criminalizadas. Cuando alzaron la voz, fueron silenciadas. El asesinato del líder indígena Kimy Pernía Domicó no es solo una anécdota: es una prueba de cómo se impuso el proyecto. Urrá no se construyó en un vacío; se levantó sobre cuerpos racializados, sobre territorios considerados sacrificables y sobre una lógica colonial que sigue viva.
En América Latina, desde la colonia, el territorio ha sido entendido como un recurso para explotar, no como lo que es, hogar de diversos pueblos. Lo que antes se llamaba colonización, hoy se llama desarrollo. Lo que antes era saqueo, hoy es infraestructura. Lo que antes era terricidio, hoy es progreso. Las represas hacen parte del mismo modelo extractivista que la minería, el petróleo, los monocultivos y las megaobras: proyectos pensados para beneficiar centros de poder, aunque para eso haya que destruir territorios periféricos.
Un río, en estos territorios, no es solo agua: es comida, transporte, cultura, espiritualidad, economía local, memoria. El río organiza la vida. Cuando se construye una represa, no solo se altera un flujo hídrico: se rompe un tejido social y cultural. Se inundan tierras, se destruye la pesca, se desplaza población, se fragmentan comunidades. Se interrumpe una relación ancestral con el territorio.
Antes del colonialismo y de las megaobras modernas, los pueblos originarios ya habían desarrollado sistemas sostenibles para convivir con el agua. El pueblo Zenú, por ejemplo, controló las inundaciones del Sinú y el San Jorge durante más de 1.300 años con ingeniería hidráulica ancestral: canales, camellones y sistemas de drenaje en cientos de miles de hectáreas. Su conocimiento permitió sostener grandes poblaciones sin destruir el ecosistema. La catástrofe no es natural: es el resultado de haber reemplazado saberes territoriales por infraestructuras extractivistas.
Hoy, cuando el frente frío intensifica las lluvias, el río Sinú ya no responde solo a la naturaleza. Responde a una infraestructura que lo domestica y lo convierte en amenaza para quienes viven río abajo. El agua se acumula en el embalse, el embalse se llena, las compuertas se abren y el caudal baja concentrado. La lluvia no es la única variable: la represa es parte del sistema que exacerba el desastre.
Las cifras muestran la magnitud de lo que se llama “evento climático”. En Córdoba, entre 40.000 y 50.000 familias (alrededor de 150.000 personas) han sido afectadas, según balances oficiales en actualización constante. Miles de viviendas han sido destruidas o quedaron inhabitables, escuelas y centros de salud han sido dañados y más de 150.000 hectáreas han sido impactadas.
También se reporta afectación masiva en ganadería y agricultura, con cientos de miles de animales de producción afectados, pérdidas de cultivos, desplazamiento de fauna silvestre y muerte de animales domésticos. El modelo territorial no sólo sacrifica cuerpos humanos; también sacrifica vidas no humanas en nombre del desarrollo.
El modelo extractivista no sólo decide qué territorios y qué pueblos son sacrificables; también decide qué vidas no humanas pueden desaparecer sin duelo público. El agua arrasa con cuerpos humanos, aves, perros, gatos, caballos, fauna silvestre; y solo algunos cuerpos cuentan en las estadísticas del desarrollo.
Y es así como una vez más, el territorio pone el río, el cuerpo y el riesgo; la élite recibe la energía y el beneficio. Y eso tiene un nombre: racismo ambiental. Territorios indígenas, campesinos y afrodescendientes son sistemáticamente elegidos como zonas de sacrificio. Porque, aunque no lo digan, el desarrollo se construye sobre la idea de que hay vidas y territorios más importantes que otros.
Cuando se interviene un territorio, siempre deberíamos preguntarnos quién decide y quién paga las consecuencias. La energía que produce Urrá alimenta ciudades, industrias y sectores privilegiados. Pero las comunidades alrededor del río siguen sin servicios básicos dignos, expuestas a desastres y sin reparación histórica.
Las represas rara vez se construyen donde viven las élites urbanas y blancas del poder. Se construyen en territorios rurales, indígenas, afrodescendientes, empobrecidos. No por casualidad geográfica, sino por una lógica colonial interna: ciertos territorios existen para sostener el confort de otros.
Córdoba hoy no vive solo una tragedia climática. Vive una crisis socioambiental donde se cruzan la crisis climática, el modelo extractivista, el racismo estructural, el abandono estatal y una historia larga de colonialismo interno. Córdoba no se está inundando solo de agua a causa de la crisis climática. Se está inundando de decisiones históricas que priorizaron el desarrollo de unos sobre la vida de otros.
Y mientras no cambiemos esa lógica, cada evento climático extremo seguirá siendo, para algunos territorios, una catástrofe anunciada.
Hoy hay familias que lo han perdido todo. Y entiendo que la solidaridad no reemplaza la justicia, pero es una forma de no dejar solos a quienes el Estado abandona.
Si quieres donar o apoyar, busca y prioriza organizaciones territoriales, comunitarias e indígenas que estén recaudando y gestionando ayuda directa. La solidaridad desde los territorios fortalece la autonomía local y evita el asistencialismo colonial: esa ayuda que calma conciencias pero no transforma las estructuras que producen el desastre.
Sin cambios estructurales, estas tragedias seguirán siendo profecías cumplidas.
Una nota de Juano