
El concepto de “memoricidio” fue acuñado para referirse a los conflictos armados en los que se destruyen deliberadamente bienes culturales y espacios simbólicos con el fin de borrar la memoria colectiva y la identidad de un pueblo. Este tipo de ataques representa una amenaza profunda para las sociedades afectadas, porque desestabiliza su identidad colectiva en un momento en el que ya se encuentran vulnerables. Y, además, estas poblaciones (al estar inmersas en un conflicto, normalmente armado) no suelen contar con la financiación, los recursos ni la estabilidad política necesarios para proteger su patrimonio frente a estas agresiones.
Con la globalización y el auge de los movimientos, cada vez llega más turismo a los países africanos, y es importante reconocer que esto también tiene un impacto directo sobre nuestro patrimonio cultural y natural.
Ya que la explotación comercial y la mala gestión turística generan daños que muchas veces pasan desapercibidos. Hace dos días me crucé con un video de una mujer blanca que visitó un país africano y, durante su paseo por una zona natural, encontró un artefacto que para ella no era más que una madera con la forma de una cara, algo que le resultó interesante… y se lo llevó porque le pareció curioso. Ese artefacto, con mucha probabilidad, era un símbolo espiritual de la población local (como podría serlo en algunas regiones rurales de Nigeria donde se practican espiritualidades ancestrales). Y ante su desconocimiento y falta de cuidado, terminó (probablemente) profanando un espacio espiritual y sagrado.
Este es solo un ejemplo de las consecuencias del turismo mal gestionado. Hay muchos otros indicadores de cómo este fenómeno suele beneficiar más a empresas y multinacionales que a las comunidades locales, además de fomentar la mercantilización de tradiciones y el deterioro de recursos. Además de esto, también existe el peligro de que elementos sagrados, tradicionales o culturalmente esenciales acaben perdiendo su valor debido a la constante exposición y comercialización para satisfacer la curiosidad de quienes buscan lo “exótico” y lo “diferente”.
Si analizamos el impacto de la globalización sobre el patrimonio africano, vemos rápidamente que nos movemos en una dicotomía. Por un lado, gracias a la globalización, muchas culturas, lenguas y tradiciones que estaban en riesgo de ser olvidadas ahora reciben más difusión, algo que quienes vivimos en la diáspora valoramos muchísimo.
Pero, por otro lado, también existe el peligro de caer en una homogeneización de saberes y expresiones culturales, que terminan diluyéndose para adaptarse a tendencias globales. Un ejemplo muy claro es cómo en Nollywood cada vez aparecen más películas donde se mezclan imágenes y conceptos de las zonas rurales nigerianas con influencias y personajes coreanos, indias, etc.
Parcialmente podemos estar de acuerdo en que, debido a la globalización, la migración y otros factores, las nuevas generaciones están experimentando una desconexión no solo de sus lenguas, sino también de su cultura y sus tradiciones. Hoy en día no es raro ver familias donde los padres y los hijos mayores hablan el idioma nativo, pero los hijos medianos y los más pequeños ya tienen dificultades para articularlo o incluso entenderlo. Al vivir en suelo europeo (o simplemente en un contexto distinto al de origen) solemos vernos obligados a priorizar el aprendizaje del idioma local, dejando en segundo plano nuestras propias lenguas.
Y lo mismo ocurre en la diáspora, donde familias formadas por descendientes o nietos de migrantes que ya no tienen familiaridad con aspectos culturales de sus raíces, con tradiciones sofisticadas y bellas que se han ido perdiendo con el tiempo y la falta de práctica.
A esto se suma que muchas lenguas nativas son discriminadas y estigmatizadas. No sé cuántas veces me he visto en la situación donde digo que añado Igbo (mi lengua nativa) en mi currículum junto a otros idiomas europeos, y alguien me pregunta con toda seriedad: “¿pero de qué te sirve eso?”, o me suelta un “eso no es importante, no cuenta”. Si reconocemos y valoramos el inglés, el español, el catalán, el italiano, etc., ¿qué nos impide atribuir el mismo valor al Igbo, Yoruba, Hausa, Twi, Bubi, Fang, Swahili, Zulu, Fanti, etc.? No podemos seguir alimentando la hipocresía y la adoración occidental que nos empuja a creer que todo lo que viene de Occidente es válido y prestigioso, mientras que lo nuestro necesita justificación y validación o no es “tan” importante.
Porque, al final del día, seguir por esta línea de desconexión nos llevará a perder no solo el lenguaje, sino también elementos culturales ancestrales como tradiciones, proverbios, leyendas, expresiones… y, en consecuencia, nuestra identidad colectiva.
El debate que intenta justificar por qué las obras de arte que fueron saqueadas del continente africano deberían permanecer en Occidente se sostiene en la idea de que, al haber diáspora africana en estos países, también deberían de poder acceder a estas piezas artísticas y espirituales desde allí. Pero este discurso no nace de voces africanas ni de descendientes de los pueblos saqueados. Sino que proviene del propio hombre europeo y de instituciones que exponen estas obras en museos y espacios de propiedad de personas blancas y privadas. Esta narrativa ignora por completo la necesidad de reparación y sanación de los pueblos a los que se les arrebató este patrimonio mediante el colonialismo y prácticas vinculadas a él.
Algunas instituciones, como el Museo Británico, adoptan sin problema una postura de pertenencia sobre estas obras. Un ejemplo claro es el caso del reino Asanti, que tras lanzar peticiones para recuperar su obras, se encontraron ante una respuesta de “prestamo” de las mismas piezas que les fueron robadas. Unas condiciones absurdas, que impuso el museo como pagar un seguro, cubrir los costes de transporte y fotografiar cada obra antes y después para verificar su estado. Es decir, exigirle a un pueblo que trate como préstamo lo que en realidad es suyo.
Mientras Occidente mantenga esta actitud de posesión, o siga escudándose en conceptos como la “universalidad” o la supuesta necesidad de “preservación”, el proceso de restitución avanzará a un ritmo mucho más lento del que debería. Y para las sociedades de las que estas obras fueron robadas, seguirá existiendo un vacío en su memoria histórica, en su identidad colectiva y en la transmisión intergeneracional.
Ya sea a través de las obras artísticas, a través de la cultura o el lenguaje, la verdad es que durante muchísimo tiempo se ha intentado minimizar el pasado africano. Negar el impacto y las influencias que han surgido del continente, y ocultar la sofisticación de nuestras obras, culturas, tradiciones y religiones. Por eso, cuando hablamos de restitución y de asumir responsabilidades por un pasado brutal contra nuestro patrimonio, no hablamos sólo de objetos. Hablamos de piezas fundamentales ligadas a nuestra memoria histórica, a nuestras religiones, a nuestra identidad como sociedades y a un reconocimiento real de todo lo que hemos aportado tanto entre nosotros (sur-sur) como a Occidente.
Un texto de favour ekaezunim