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¿Teoría de la Revolución Haitiana? : Las “Reflexiones sobre los Blancos y los Negros”, de Jean-Louis Vastey (1816).

En 1816, cuando Haití apenas comenzaba a afirmarse como la primera república negra del mundo, el Barón de Vastey —Pompeyo-Valentín Vastey— escribió una de las más vigorosas defensas de la humanidad negra y del proyecto político surgido de la Revolución haitiana. Su obra Réflexions sur une lettre de Mazères, que yo recién he traducido en español, estudiado preliminarmente por el Historiador Dr. Juan Francisco Martinez Peria, prologado por Federico Pita y publicada por CICCUS Editorial (en Argentina), no es solo un documento histórico: es un tratado filosófico y político que desmantela, con lucidez y mordacidad, los cimientos ideológicos del colonialismo moderno.

Vastey, uno de los intelectuales más brillantes del reinado de Henry I, responde a una carta de Mazères — ex colono francés — dirigida al economista Jean Charles Léonard de Sismondi. En esa carta, Mazères repite los lugares comunes de la ideología racista que desde el siglo XVIII justificaba la esclavitud, apelando a supuestas diferencias esenciales entre “blancos” y “negros”. Lo que en principio parece una polémica puntual se convierte, en manos de Vastey, en una teoría de la revolución haitiana, una reivindicación histórica de África y una denuncia estructural del proyecto colonial europeo.

Contra el racismo “científico” premoderno

Anticipándose a lo que más tarde sería el racismo científico del siglo XIX, Mazères intenta demostrar la inferioridad ontológica de las personas africanas. Vastey responde con un arsenal argumentativo que combina ironía, teología, historia y filosofía natural. Cita a Buffon y a Bernardin de Saint-Pierre para recordar la unidad biológica de la especie humana, subrayando que la idea de razas jerárquicas no tiene fundamento empírico.

“Que Mazères y los ex-colonos se comparen por analogía con burros y caballos si así lo desean; no se los impido”, escribe con sarcasmo. “Yo sostengo, para mí y para los míos, que el hombre es la obra más hermosa del Creador”. En una época en que Europa comenzaba a naturalizar la desigualdad racial, esta afirmación era profundamente subversiva.

El discurso de Vastey, lejos de la resignación, se enmarca en un humanismo radical que desmonta el pensamiento colonial desde dentro. Su crítica anticipa, de forma temprana, lo que hoy llamaríamos racismo estructural: una estructura histórica que produce desigualdades materiales, simbólicas y epistémicas bajo la máscara de la civilización.

África como civilización negada

El Barón de Vastey dedica parte significativa de su obra a combatir la narrativa europea que representaba a África como un continente sin historia, sin instituciones y sin cultura. Retoma ejemplos clásicos: Egipto, Cartago, los grandes reinos del Sahel. Cita los relatos de Mungo Park para describir ciudades como Ségou, con más de treinta mil habitantes, agricultura próspera y vida urbana organizada.

La conclusión es incisiva: la supuesta barbarie africana no es una realidad histórica, sino una construcción ideológica al servicio del tráfico esclavista.

“¿Qué ha hecho Europa para civilizar África?”, pregunta. “Ha establecido el espantoso comercio de hombres”. Con esta frase resume una de las críticas más contundentes del pensamiento haitiano del siglo XIX: Europa no llevó civilización; llevó violencia, desarticulación social y extracción masiva de cuerpos y recursos.

Esta lectura coincide con los análisis contemporáneos de estudiosos como Achille Mbembe o Walter Rodney, quienes han demostrado que la expansión europea produjo el subdesarrollo africano, no su modernización.

La Revolución haitiana como fundamento moral del mundo moderno

Para Vastey, Haití no era solo un país recién independiente: era un punto de inflexión moral en la historia de la humanidad. Un experimento político nacido de la rebelión de las personas esclavizadas que demostraba, con hechos, la falsedad del racismo.

La Revolución haitiana —la única revolución de personas esclavizadas victoriosa de la historia— certificaba la capacidad de las personas africanas y afrodescendientes para construir instituciones, redactar constituciones, organizar un ejército, desarrollar manufacturas, levantar fortalezas como la Ciudadela y sostener un Estado en condiciones extremadamente adversas.

“Viaje por la historia del mundo —escribe Vastey—, nunca se vio un milagro semejante”. Su defensa de Henry I, elegido por unanimidad, refuerza la idea de que el pueblo haitiano no necesitaba tutelas europeas para gobernarse.

Este argumento se vuelve crucial en la teoría de la revolución: Haití es la refutación viviente de la supremacía blanca y, por tanto, un desafío permanente al orden colonial-capitalista.

Un texto que interpela al siglo XXI

Lo extraordinario de Vastey es su vigencia. Dos siglos después, sus reflexiones resuenan en las luchas actuales contra el racismo, la violencia colonial, la desigualdad global y la erosión de la dignidad humana. La crítica a la “misión civilizadora”, la denuncia de la violencia extractiva, la reivindicación de África como civilización y la proclamación de la igualdad humana siguen teniendo eco en los debates contemporáneos sobre justicia racial, migraciones, colonialidad del poder y reparaciones.

Su grito —un grito que no es solo indignación, sino teoría política— captura esta tensión histórica:

“Me siento humillado. Soy hombre. Lo siento en todo mi ser… y me veo obligado a refutar puerilidades para demostrar a otros hombres que soy su semejante”.

Esa frase, escrita en 1816, podría aparecer hoy en cualquier manifiesto del movimiento negro global.

La nueva edición de CICCUS Editorial no sólo rescata un texto fundacional del pensamiento haitiano; devuelve a la esfera pública una voz indispensable para comprender la modernidad desde el Sur global. Vastey escribe desde la periferia del mundo atlántico, pero su pensamiento tiene ambición universal: recordar que la humanidad es indivisible y que la revolución —cuando nace de la dignidad— es, ante todo, un acto de reparación histórica.

Por eso, cuando concluye que “Blancos, amarillos y negros, todos somos hermanos”, no está apelando a una moral abstracta, sino a un principio político que sigue siendo radical en pleno siglo XXI: la igualdad como fundamento, no como promesa.

Una notia de Jackson Jean y Juan Francisco Martinez

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