
Hay una pregunta incómoda que atraviesa buena parte de la filosofía política moderna: ¿qué significa decir que los derechos, la libertad y la dignidad pertenecen a todos los seres humanos?
La pregunta adquiere otra dimensión cuando se la formula desde la experiencia histórica de quienes fueron incluidos en el discurso universal de la humanidad, pero excluidos de sus promesas concretas.
Es precisamente esta tensión la que plantea el filósofo Tommy J. Curry, cuya crítica al universalismo moral ofrece una lectura especialmente provocadora de Immanuel Kant. En un debate del Institute of Art and Ideas sobre los peligros y las posibilidades del universalismo moral, Curry cuestiona la facilidad con la que podemos presentar el universalismo como una garantía automática de inclusión.
Kant ocupa un lugar central en esta discusión. Su filosofía moral sostiene que cada ser humano debe ser tratado como un fin en sí mismo. La autonomía, la libertad y la dignidad no deberían depender de la utilidad de una persona, de su poder o de su pertenencia a una determinada comunidad política. Su cosmopolitismo llevó esta aspiración más allá de las fronteras nacionales: la humanidad debía ser pensada como una comunidad jurídica que trascendiera los límites del Estado.
Pero aquí aparece la pregunta de Curry: ¿Quién está incluido en ese “todos”?
Kant también escribió textos en los que clasificó racialmente a los seres humanos y estableció jerarquías entre pueblos. Sus concepciones sobre raza, civilización y desarrollo entran así en una tensión profunda con el universalismo moral que hoy asociamos a su legado.
Para Curry, el problema no desaparece simplemente afirmando que esas ideas pertenecían al contexto histórico de Kant. La cuestión es ¿qué ocurre cuando las exclusiones no son únicamente accidentes históricos, sino que aparecen dentro de la propia concepción de humanidad desde la cual se formula el universalismo?
Esta pregunta obliga a mirar de otra manera conceptos aparentemente incontestables como “humanidad”, “civilización”, “razón” y “progreso”.
¿Quién define qué significa ser racional?
¿Quién determina qué sociedad representa el progreso?
¿Quién establece quién está preparado para la libertad?
¿Y quién queda situado en el lugar de quien debe ser civilizado?
La historia moderna demuestra que el lenguaje de la civilización y del progreso pudo coexistir con la esclavitud, el colonialismo y la racialización de millones de personas. Por eso la intervención de Curry resulta particularmente importante: nos obliga a preguntarnos si basta con proclamar principios universales cuando las sociedades que los formulan han construido históricamente categorías de humanidad diferenciada.
Y aquí aparece una cuestión todavía no excavadas. Si descubrimos que determinados universalismos fueron utilizados para excluir, ¿debemos abandonar la idea de universalidad? No necesariamente. Pero sí debemos preguntarnos qué universalismo queremos construir y desde dónde.
Tal vez el problema no sea que exista una aspiración universal, sino que una experiencia particular pueda presentarse como si fuera la experiencia de toda la humanidad. La pregunta negra por lo universal comienza precisamente allí: ¿por qué la experiencia europea tendría que constituir el punto de partida obligatorio para definir aquello que pertenece a todos?
Curry nos invita a invertir la mirada. En lugar de comenzar con quienes históricamente ocuparon el centro y preguntar cómo pueden extenderse sus principios al resto del mundo, podemos comenzar con quienes fueron excluidos, racializados o considerados inferiores y preguntar qué tendría que cambiar para que la universalidad realmente los incluya. Esto también transforma nuestra relación con Kant. La cuestión no es simplemente cancelar su pensamiento ni aceptar sin crítica su legado. Tampoco consiste en reconstruirlo eliminando sus elementos racialmente problemáticos para conservar intacta su arquitectura moral.
La pregunta es si podemos utilizar críticamente aquello que Kant aportó (autonomía, dignidad, libertad, cosmopolitismo) sin ignorar las contradicciones históricas de su propia concepción de la humanidad. Y quizás ahí se encuentra la verdadera fuerza de la provocación de Tommy J. Curry, no se trata únicamente de preguntar si Kant fue universalista. Se trata de preguntar: ¿Puede existir un universalismo que no necesite producir un “otro” para definirse a sí mismo?
Porque mientras algunos seres humanos sean presentados como el modelo de humanidad y otros como atrasados, salvajes, inferiores o incompletamente civilizados, la palabra “todos” seguirá necesitando ser interrogada. La tarea de una filosofía verdaderamente universal no debería consistir en hacer que todos se parezcan al sujeto que históricamente definió lo universal. Debería comenzar por algo más radical:
reconocer que la humanidad nunca tuvo un único centro.
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Esta reflexión fue inspirada en las ideas planteadas por Tommy J. Curry en el debate del Institute of Art and Ideas sobre universalismo moral. El crédito intelectual de la crítica aquí desarrollada corresponde a Curry, cuya intervención abre estas preguntas sobre Kant, raza y los límites del universalismo.
Un texto de Jackson JEAN