
¿Por qué es percibido como normal que hombres blancos y mestizos nos ridiculicen a los hombres negros, al mismo tiempo que se comparan constantemente con nosotros? La identidad masculina blanca y mestiza no se construye solamente en relación a la feminidad, sino también en contraste con quienes somos marcados en la otredad étnico-racial.
Existe un video que muestra a miembros de la Selección Colombia bailando salsa choke, y destaca una gran cantidad de comentarios de hombres blanco-mestizos que aluden a la “ridiculez” de la actividad y supuestamente al desempeño deportivo. Pero, ¿cómo se relaciona el baile con dicho desempeño? La lógica parece estar fallando. ¿Por qué unos hombres negros bailando incomodan tanto?
En otro reel, un hombre dijo lo siguiente después de supuestamente hacer unas rutinas de ejercicio: “Ahora tengo el cuerpo de un negro que nunca ha hecho ejercicio en su vida”. Ante esto, nn grupo dentro del mundo gym, compuesto en su mayoría por hombres blancos, suele preguntarse y dar explicaciones “científicas” sobre por qué nuestra genética nos predispone a un cuerpo marcado o musculoso.
Y sigo con un ejemplo que se relaciona directamente con el anterior. En un video sobre la lucha senegalesa (laamb) hubo comentarios de hombres blancos diciendo: “¿Cómo pudieron esclavizarlos?”, reduciendo la esclavización de personas africanas a una cuestión de “fuerza masculina”. ¿Por qué esos hombres se preocupan más por nuestro cuerpo que nosotros mismos? Ellos lidian con una contradicción psíquica porque el cuerpo negro es concebido como débil, pero demasiado fuerte al mismo tiempo y eso genera inquietud. No tiene que ver con biología, sino con cómo se construye la raza socialmente.
En la otra cara de la moneda, hay hombres negros que constantemente tratan de buscar la validación blanca. Por ejemplo, es conocido aquel que cree que una persona blanca tendrá una relación con él simplemente por sus “atributos de negro” y dice, con desprecio, que nunca tendría parejas negras. También está el personaje político negro que moviliza los intereses de la élite blanca-mestiza, al mismo tiempo que devalúa o niega los de la población negra, viviendo en la alienación absoluta (siguiendo las ideas de Frantz Fanon). Este político usa su privilegio en lo que percibe como un beneficio personal y solo se reconoce negro cuando le conviene.
Y ni hablar de aquellos hombres negros que se prestan para que la pareja, amigo o cualquiera esté refiriéndose a su cuerpo, sus atributos sexuales o inteligencia. Aquella frase de: “te tienes que conseguir un negro para ser feliz” es un anuncio de venta, como los del régimen colonial esclavista, porque dejamos de ser personas para transformarnos en un objeto de consumo para satisfacer el deseo blanco. Forma parte de la misma fantasía pornográfica racista, como aquella que dio lugar al argumento de la película King Kong de 1933. Es un espejismo creer que los hombres negros debemos someternos a la fetichización.
Cuando hablamos de la fetichización del cuerpo negro siempre se nos viene a la mente que ésta se relaciona con la sexualidad o las relaciones afectivas, pero nada más lejos de la realidad: también se trata de una cuestión de poder.
La masculinidad negra no surge del mismo punto que la masculinidad blanca y mestiza hegemónica. Hay sociedades africanas en donde las categorías de lo femenino y lo masculino han diferido de los conceptos occidentales. Mujeres y hombres no se han considerado como antagónicos y también se ha concebido otros géneros.
Incluso, Oyèrónkẹ́ Oyěwùmí ha demostrado que en el Oyo-yoruba precolonial las palabras designadas para individuos femeninos o masculinos sólo denotaban características anatómicas-reproductivas. La edad era más importante que el género en el pueblo Oyo-yoruba, por lo que la introducción del género occidental también fue un arma para desestructurar las sociedades colonizadas. Con el proceso de colonización y esclavización son introducidos los roles de género hegemónicos, pero a su vez, a las mujeres negras se les arrebata la posibilidad de ser femeninas según la feminidad blanca o mestiza.
El investigador sudafricano Kopano Ratele sostiene que la colonización y la esclavización también implicaron que a los hombres racializados se nos trasladara a la categoría de no-hombre. Y aquí hay que aclarar que lo no-hombre no necesariamente nombra un sujeto feminizado. Es decir, no se trata de que “si no somos hombres, entonces somos mujeres”; se trata de que la masculinidad negra es moldeada por la negación de la pertenencia a la imagen de hombre promovida por la blanquitud.
La imposibilidad de ser completamente hombre o mujer según la imagen hegemónica en una sociedad basada en las jerarquías de género lleva a negar las cualidades humanas de las personas racializadas. En consecuencia, quedamos en la categoría de subhumanos.
Y los estereotipos son útiles para la deshumanización. El que nos digan “quiero estar contigo porque eres negro”, “tienes que tener estas características físicas para ser un auténtico negro” o “en la cama te tienes que comportar así porque eres negro”, más que de la admiración, el deseo o la envidia, proviene del control.
El problema no es el hecho de ser admirado, deseado, ni de tener una vida sexoafectiva. El problema es que la imagen estereotipada que se proyecta sobre nosotros acerca de nuestra supuesta virilidad natural, hipermasculinidad y sexualidad desbordada es un espejismo, porque es la misma en la que se basa nuestro perfilamiento, criminalización, y las sospechas de que somos violadores potenciales, delincuentes, violentos y de que carecemos de inteligencia.
La satisfacción del deseo blanco también se manifiesta en el deporte. Recordemos a los futbolistas negros bailando, porque el problema empieza cuando los blanco-mestizos no se sienten representados por “muchos negros en una selección de un país donde se nos percibe como minoría”. El deseo blanco es satisfecho solo si esos negros cumplen con el trabajo de hacer ganar al equipo; de lo contrario, empieza la deshumanización. ¿Cuántas veces se violenta a los futbolistas negros, por ser negros, al mismo tiempo que se les presiona para que tengan el rendimiento que esperan los hinchas blancos y mestizos?
Pero los hombres negros no nos sometemos a la deshumanización. Como ejemplo, podemos ver la manera en la cual le damos la vuelta a algunas de las imágenes que han sido empleadas en contra de nosotros. Es lo que se hace, por ejemplo, para potenciar creaciones artísticas, como la música del movimiento hip hop, afrobeats, reggaetón, dancehall, R&B, entre otras expresiones. La carrera de muchos artistas blancos y mestizos se ha construido sobre esta vuelta de tuerca, apropiando y capitalizando la estética y la performatividad negra, pero eludiendo la vivencia racializada. Otra forma poderosa es simplemente no encajar en el estereotipo y salirse de lo que desde la blanquitud se espera de un hombre negro.
Para finalizar, empecé cuestionando la masculinidad blanca y mestiza hegemónica, y cómo se va construyendo en oposición a los grupos marcados como no blancos. Pero el eje central está en mostrar cómo la fetichización y deshumanización son transversales en la construcción de la identidad masculina negra y, por esa razón, es necesario cuestionarla. Cuestionarla no implica adoptar un modelo consumible de “nuevas masculinidades”, que en realidad es más estético que práctico. Tampoco implica que debamos seguir un modelo blanqueado de masculinidad, sino que el cuestionamiento parte de comprender de dónde viene la masculinidad negra en contextos poscoloniales y afrodiaspóricos.
Creo necesario dejar de contribuir a la fetichización y no acomodarnos a las imágenes racistas y misóginas que proyectan sobre nosotros. La identidad masculina negra es plural, pero aquella que se sostiene activamente desde la fetichización también deviene en un arma de sometimiento. La acción cotidiana implica cuestionar los mandatos de género y una mirada crítica hacia adentro. De esta manera, podemos superar la ridiculización, la deshumanización y las opresiones (no solo de los hombres negros) que surgen del entrecruce entre raza y género.
Un texto de Andres David Tobar Rivas