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Las consecuencias de los conflictos armados sobre la infancia y su salud mental

El pasado 6 de enero es conocido, especialmente en Europa, como el día en que las familias celebran el día de los Reyes Magos. Es una fecha muy especial y esperada por los más pequeños de la casa. Un día para abrir sus regalos, rodeados de amor y disfrutar de los últimos momentos de las fiestas antes de volver a la rutina, tanto para los pequeños como para los adultos. Sin embargo, este mismo día también invita a una reflexión colectiva, ya que se conmemora el Día Internacional de los Huérfanos de Guerra, un día destinado a recordar a quienes han perdido a sus familias a causa de los conflictos armados.

Se trata de una fecha concebida para reflexionar, rendir homenaje y dar visibilidad a los menores que debido a la guerra, han quedado en una situación de indefensión y vulnerabilidad extrema, ya sea por la pérdida de uno o de ambos padres. La conmemoración de este día implica, como mencionamos anteriormente, un ejercicio profundo de reflexión, pero también un compromiso de responsabilidad social.

A pesar de esto, este tema no recibe la atención que merece en las redes sociales o en los medios de comunicación. Por eso resulta fundamental activar nuestra conciencia colectiva respecto a la realidad que viven miles de niños en zonas de conflicto. 

Además de reflexionar, debemos ser capaces de defender la protección de la infancia bajo cualquier circunstancia y exigir responsabilidades tanto a los gobiernos directamente implicados como a aquellos que financian o sostienen estos conflictos desde el exterior. Solo así podremos promover entornos seguros para los menores y evitar que más niños queden expuestos a situaciones de abandono, vulnerabilidad extrema o a la condición de huérfanos de guerra.

Para entender mejor el origen de este día, cabe recordar que la elección de esta iniciativa está ligada a la organización francesa SOS Enfants en Détresse, que buscaba visibilizar la tragedia de los niños que perdieron a sus familias en conflictos armados. Surgiendo esto así, después de la Segunda Guerra Mundial, con el objetivo de impulsar acciones a favor de la infancia y promover políticas y apoyos mediante el debate internacional.

A esta dimensión histórica se suma la realidad actual, con cifras que resultan tan brutales como difíciles de asimilar. Entre 2005 y 2022, según las Naciones Unidas, ha habido  más de 120.000 niños y niñas muertos o mutilados y más de 105.000 menores secuestrados o reclutados por grupos armados, dentro de las más de 315.000 violaciones graves documentadas contra la infancia en ese periodo. Con lo estremecedoras que son estas cifras, sólo representan los casos que pudieron ser confirmados, por lo que la magnitud real podría ser aún mayor.

Un ejemplo reciente de estas devastadoras cifras es la guerra en Gaza. Según estimaciones de organizaciones humanitarias como Amnistía Internacional, UNICEF y Save the Children, entre octubre de 2023 y septiembre de 2024 más de 6.000 niños y niñas habrían resultado heridos, sin mencionar el elevado número de menores que perdieron la vida. A ello se suman al menos 21.000 menores desaparecidos, 20.000 que han perdido a uno o ambos padres, 17.000 que se encuentran completamente solos y 3.500 en riesgo extremo por la falta de alimentos. Detrás de cada número hay una vida rota, una infancia interrumpida y un futuro marcado por el trauma.

El impacto psicológico, emocional y social de la guerra: la pérdida de todo lo conocido, y el ciclo de pobreza y desigualdad

Los conflictos armados no solo dañan físicamente a los menores, también dejan huellas profundas a nivel emocional, mental y en su salud. A largo plazo, muchos niños desarrollan secuelas como la pérdida del habla, resultado de haber adoptado el silencio como mecanismo de defensa ante experiencias traumáticas. A ello se suman otras consecuencias graves, como trastornos de estrés postraumático, ansiedad o depresión, que pueden acompañarlos durante toda su vida.

Con el paso del tiempo, estas heridas pueden transformarse en problemas conductuales y alteraciones cognitivas o de regresión emocional, especialmente cuando estos niños y niñas crecen expuestos a un entorno dominado por la violencia, el miedo y la agresividad. Las dificultades para acceder a alimentos, los bombardeos constantes o los ataques terrestres generan un nivel de estrés imposible de procesar para una mente infantil aún en desarrollo. La pérdida de su entorno seguro y de su sistema de apoyo provoca un profundo desarraigo y una ruptura del sentimiento de pertenencia, intensificando la vulnerabilidad y alimentando sentimientos de aislamiento y desesperación que afectan su funcionamiento emocional a largo plazo. A pesar de esto, es importante reconocer que cuando reciben el apoyo adecuado, muchos niños pueden desarrollar una gran resiliencia, siendo capaces de transformar el dolor y el proceso traumático en fortaleza.

A nivel social el impacto es igualmente devastador. La destrucción y el bombardeo de escuelas y hospitales interrumpen de forma abrupta su educación y limitan su desarrollo en etapas cruciales de la infancia. 

Esta ruptura no solo afecta su presente sino que perpetúa ciclos de pobreza y falta de oportunidades, condenando a muchos de ellos a un futuro marcado por la precariedad y la exclusión. Las guerras no sólo arrebatan infancias, también condicionan los caminos que esos niños podrán recorrer cuando lleguen a la adultez.

Responsabilidad global y acción internacional

A día de hoy, existen numerosas entidades internacionales que trabajan para proteger y acompañar a los niños afectados por la guerra, ayudándoles a reconstruir sus vidas y recuperar sus derechos. 

Una de ellas es UNICEF, que se encuentra presente en múltiples zonas de conflicto, donde localiza y asiste a menores huérfanos o separados de sus familias. Su labor encarna el espíritu de este día, siendo el de garantizar la protección de la infancia incluso en los escenarios más adversos.

Junto a UNICEF o Save the Children que desarrollan una intervención directa y constante, también podemos mencionar la ONU, que actúa desde un enfoque más estructural. Cuando se trata de acciones específicamente dirigidas a la infancia, su papel se orienta hacia el diálogo político, la supervisión de violaciones de derechos, la elaboración de informes que alimentan procesos de paz o la formación y sensibilización de actores locales, debido a la forma en la que su mandato y su estructura organizativa distribuyen responsabilidades. 

Sin embargo, a día de hoy las medidas de protección infantil forman parte del mandato de varias operaciones de mantenimiento de la paz. De esta manera, los asesores de Protección Infantil y otros profesionales trabajan en cuatro misiones: MONUSCO (República Democrática del Congo), MINUSCA (República Centroafricana), UNMISS (Sudán del Sur) y MINUSMA (Mali). En cada una de ellas existen perfiles dedicados a identificar y mitigar las seis violaciones graves contra los menores en conflictos armados, siendo estas el reclutamiento infantil, los asesinatos y mutilaciones, la violencia sexual, los ataques contra escuelas y hospitales, los secuestros y la negación del acceso a la ayuda humanitaria. Además, en el caso de MONUSCO, se desarrollan iniciativas específicas para prevenir el re-reclutamiento de niños soldados, especialmente cuando carecen de medios de subsistencia o apoyo tras su liberación.

Este es solo un ejemplo de los programas especializados existentes, centrados en la rehabilitación y reintegración de niños soldados y en la prevención de su utilización por parte de grupos armados. También existen iniciativas dedicadas a la reunificación familiar, el apoyo psicológico y emocional, o la protección frente a la violencia sexual.

En el plano legal, los Protocolos Facultativos sobre la Participación de Niños en Conflictos Armados son una herramienta clave. Ya que se trata de un tratado internacional que busca impedir el reclutamiento y uso de menores en la guerra, y promueve su reintegración cuando han sido afectados por el conflicto.

Y, por supuesto, no podemos olvidar las acciones más directas que siguen siendo esenciales, de ayuda humanitaria, proporcionando alimentos, agua, atención sanitaria y acceso a la educación a miles de niños que viven rodeados de violencia.

Conclusiones

Las guerras y los conflictos armados no sólo arrasan economías, territorios o estructuras políticas, también desgarran vidas. Y quienes quedan más expuestos a ese impacto son, los más pequeños.

Para ellos, las consecuencias no solo se limitan a perder un hogar, una escuela o el acceso a servicios básicos. Lo que se rompe es algo mucho más íntimo, es su sensación de seguridad, ese sostén emocional que debería acompañarlos durante toda la infancia. Cuando un niño pierde a sus padres, pierde también su red de apoyo, sus vínculos protectores y su refugio. Crece sin ese espacio donde puede sentirse a salvo y esa herida, aunque invisible, marca profundamente su manera de relacionarse con el mundo, dejando una fragilidad emocional que se intensifica con los años.

Pero el dolor no termina ahí. La guerra no sólo arrebata a los niños a quienes más aman, también los expone a peligros que ningún ser humano debería enfrentar. En medio del caos, se convierten en un objetivo fácil para la explotación, la trata y múltiples formas de abuso. Algunos son reclutados como niños soldados, otros huyen y se transforman en menores desplazados o no acompañados, obligados a sobrevivir sin la presencia de un adulto que los proteja. Otros incluso cargan con el trauma de haber sido víctimas de violencia sexual, una experiencia que rompe su infancia de manera irreversible.

Cada una de estas realidades nos recuerda que la guerra no solo destruye ciudades, destruye infancias, futuros y la posibilidad de crecer sintiéndose amado y protegido.

Pese a esta realidad, seguimos observando cómo algunos países occidentales impulsan o respaldan conflictos armados sin considerar el impacto que estas decisiones tienen sobre la infancia como uno de los grupos más vulnerables. Haciendo que las acciones ya realizadas para proteger a los menores resulte algo contraproducente al estarse generando financiación y un aumento de los conflictos armados. Ya que si analizamos a nivel global, y con una breve comparativa entre el 2025 y el 2000, vemos que ha habido un repunte significativo de los conflictos armados, con una estimación de entre 56 y 59 conflictos armados activos y un total de 130 (activos y no activos), cada una de ellas con grandes complejidades políticas y sociales. Una situación, tan compleja y lamentable como real, que nos invita a reflexionar como sociedad y como colectivo en las consecuencias reales de las decisiones políticas y sociales que muchas veces se llegan a tomar sin analizar los verdaderos impactados de estos riesgos.

Una nota de Favour Ekaezunim

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