
En 1977 la NASA lanzó las sondas Voyager 1 y Voyager 2 con un objeto singular a bordo: el Golden Record, un disco de cobre bañado en oro pensado para posibles civilizaciones extraterrestres. Guardaba 115 imágenes, sonidos de la Tierra, unos noventa minutos de música y saludos en 55 idiomas, los mensajes del presidente estadounidense Jimmy Carter y del secretario general de la ONU, Kurt Waldheim, cómo leer el disco y dónde se encuentra la Tierra.y el comité que eligió su contenido estuvo presidido por Carl Sagan. Visto de lejos, es un gesto conmovedor, una manera de decirle al universo que estamos aquí. Aun así, conviene preguntarse quién tenía autoridad para decidir qué diría ese «nosotros».
El disco sí incluye diversidad de lenguas, culturas, cuerpos, paisajes y formas de vida. Lo que interesa examinar es quién tuvo el poder material, científico e institucional para escoger lo que se presentaría como representación de la humanidad. La propia NASA explica que Sagan y su equipo gozaron de bastante margen para organizar el contenido y que la falta de tiempo los obligó a decidir con rapidez. Los saludos provenían de personas elegidas en distintos contextos, pero el proyecto no se sometió a una deliberación democrática entre los pueblos de la Tierra.
Esta situación puede leerse desde la crítica de la blanquitud. No hace falta llamar «blanco» al disco ni atribuir intención racista a sus responsables para notar una estructura histórica de poder: quienes controlan las instituciones que hablan en nombre de lo universal terminan definiendo qué cuenta como representación de la humanidad. Entoncés, cabe preguntar por qué una iniciativa que pretendía representar a toda la especie no pasó por una deliberación realmente planetaria, en particular con los pueblos y grupos históricamente marginados de la producción de conocimiento y de la definición de lo universal. Representar a la humanidad nunca es un acto neutral. Elegir imágenes, cuerpos, familias, paisajes, músicas y lenguas es armar una narrativa sobre quiénes somos.
John W. Traphagan critica que las iniciativas de comunicación con inteligencias extraterrestres hayan estado dominadas por astrónomos e ingenieros. A su juicio, deberían participar con más peso las ciencias sociales, la antropología, la diplomacia y los especialistas en comunicación intercultural. Lo que está en juego es qué queremos decir, pero también cómo lo leería un interlocutor radicalmente distinto: ¿qué significa nuestro mensaje para alguien que no comparte nuestra historia, nuestra biología, nuestra cultura ni nuestro sistema de signos?
Ahí entra Ferdinand de Saussure, para quien el signo lingüístico no guarda una relación natural con lo que significa. El sentido surge dentro de un sistema de diferencias, y una palabra vale por su relación con otros signos. Si enviáramos la palabra «humanidad», tendría sentido para nosotros porque existe dentro de un sistema lingüístico, histórico y cultural; una inteligencia que nunca conoció a nuestra especie no tendría con qué leerla. Habría que fabricar otros signos: imágenes, sonidos, números, relaciones matemáticas, representaciones físicas.
Jacques Derrida complica incluso esa salida. Su deconstrucción cuestiona que el significado pueda estar plenamente presente, estable y cerrado dentro de un signo. La différance apunta, entre otras cosas, a que el sentido se produce por diferencias y desplazamientos y nunca queda disponible de una vez para siempre. Si es así, quizá no exista ningún signo verdaderamente universal. Una fotografía de un ser humano nos parece evidente, pero no hay motivo para que lo sea para otro. Lo mismo vale para la imagen de una madre con su hijo, una pareja, un nacimiento, un animal, un paisaje, una bandera, una casa, una ciudad o una ecuación. Creemos saber qué representan, y representar no equivale a transmitir el mismo significado.
La llegada (Arrival, 2016), de Denis Villeneuve, pone esta dificultad en el centro del primer contacto. La lingüista Louise Banks no puede empezar a negociar con los extraterrestres; antes tiene que entender su sistema de comunicación. Una palabra en apariencia simple puede tener consecuencias políticas y militares muy distintas según el marco conceptual desde el que se interprete, y en la película una lectura equivocada se convierte enseguida en un asunto de seguridad internacional. Lo que hay que traducir son cosmovisiones, más que palabras. La pregunta de fondo es cómo saber que hemos comprendido al otro cuando no comparte nuestras categorías para entender el mundo.
La película dialoga con el relato de Ted Chiang que la inspiró, La historia de tu vida, donde el lenguaje, la percepción y la experiencia del tiempo están estrechamente ligados.
¡Marcianos al ataque! (Mars Attacks!, 1996), de Tim Burton, aborda el mismo problema desde la sátira. Los humanos leen a los extraterrestres con sus propios códigos diplomáticos, políticos y culturales, y sus palabras y gestos se interpretan con categorías que pueden no tener ninguna correspondencia con la lógica del otro. El resultado es absurdo y violento, pero la comedia esconde una pregunta seria: qué pasaría si el primer error ante una civilización extraterrestre fuera creer que podemos descifrar sus intenciones con nuestras propias categorías. La película lleva al extremo algo que el debate sobre el METI (Mensajes a Inteligencias Extraterrestres) debería tomar en serio. Podemos equivocarnos sobre lo que el otro piensa y también sobre lo que significa pensar para él.
Octavia E. Butler, figura central de la literatura afrofuturista, imaginó el contacto extraterrestre desde un lugar muy distinto al de la ciencia ficción occidental tradicional. En Amanecer (Dawn, 1987), primera novela de La estirpe de Lilith, una mujer negra, Lilith Iyapo, despierta tras una catástrofe terrestre y descubre que la humanidad fue salvada por los Oankali, una inteligencia extraterrestre. El supuesto rescate se convierte pronto en una relación atravesada por el poder, la dependencia, el consentimiento, el cuerpo, la reproducción, la transformación y la supervivencia. Butler da vuelta así una narrativa clásica del género: los humanos ni exploran ni colonizan, sino que se topan con una civilización mucho más poderosa que dice estar salvándolos.
La imagen adquiere una resonancia particular a la luz de la historia colonial. Durante siglos, las potencias coloniales justificaron sus intervenciones sobre otros pueblos en nombre de la civilización, el progreso, la evangelización, la modernización o la salvación. Butler permite imaginar ese mismo mecanismo desde el otro lado y preguntarse cómo viviría la humanidad que una civilización extraterrestre decidiera por su cuenta qué es lo mejor para ella. En este punto el Afrofuturismo introduce una crítica al imaginario espacial occidental: el futuro puede narrarse desde quien ha sido clasificado, colonizado, representado o transformado por otros, y no solo desde el explorador, el conquistador o quien posee la tecnología.
Pero tambien dejó otra pregunta más a los responsables de los METI : ¿No seria arrogante que la blanquitud toma iniciativas de comunicar con posibles inteligencias extraterrestres en nombres de toda la humanidad? ¿Que tal si las inteligencias extraterrestes no son pacifica como la blanquitud lo prentende?
Quizás lo fue, aunque conviene no responder con simpleza. No hay evidencia de que exista una civilización extraterrestre hostil, ni de que exista una tecnológicamente avanzada capaz de encontrar la Voyager, así que decir que la NASA se equivocó porque los extraterrestres podrían colonizarnos sería pura especulación. Otra cosa es preguntar, con toda legitimidad, si era razonable que una estructura institucional pequeña decidiera cómo presentar a la especie entera ante una inteligencia desconocida. Ahí el asunto deja de ser ciencia ficción y pasa a ser de gobernanza, representación y poder.
El disco transmite información y, además, una idea de lo que significa ser humano, seleccionada desde un contexto histórico concreto: la Guerra Fría, la hegemonía científica estadounidense, la expansión de la exploración espacial y un orden internacional muy desigual. Juzgar el proyecto como bueno o malo deja de lado lo central: quién estaba autorizado para hablar en nombre de todos.
Antes de buscar comunicarnos con los extraterrestres, habría que ver si somos capaces de reconocer al Otro sin convertirlo enseguida en una versión de nosotros mismos. Saussure recuerda que el significado depende de sistemas de signos, y Derrida invita a desconfiar de su estabilidad absoluta. Traphagan muestra que la comunicación extraterrestre es también un problema antropológico, político y cultural. La llegada advierte sobre el riesgo de interpretar antes de comprender, y ¡Marcianos al ataque!, con su sátira, sobre la tendencia a proyectar nuestras categorías en el Otro. Butler añade la pregunta que suele faltar en las narrativas de contacto: qué ocurre (o puede ocurrir) con el poder cuando el Otro puede definir nuestro futuro.
El Golden Record puede leerse a la vez como una de las expresiones más hermosas de la curiosidad humana y como un objeto político que merece ser interrogado. En 1977 una parte pequeña de la humanidad obtuvo la capacidad técnica de enviar al cosmos una declaración: «Esto somos nosotros». Antes del próximo intento convendría averiguar quién está sentado a la mesa terrestre, y si podemos presentarnos como «humanidad» ante otra civilización mientras todavia un grupito se otoga a si mismo el derecho de definir ese «nosotros».
Butler, O. E. (1987). Amanecer [Dawn]. Ultramar.
Burton, T. (Director). (1996). ¡Marcianos al ataque! [Mars Attacks!] [Película]. Warner Bros.
Chiang, T. (2004). La historia de tu vida. Bibliópolis.
Derrida, J. (1971). De la gramatología (O. del Barco & C. Ceretti, Trads.). Siglo XXI Editores. (Trabajo original publicado en 1967).
Saussure, F. de. (1961). Curso de lingüística general. Losada. (Trabajo original publicado en 1916).
Traphagan, J. W. (2021). Should we lie to extraterrestrials? A critique of the Voyager Golden Records. Space Policy, 57, 101440. https://doi.org/10.1016/j.spacepol.2021.101440
Villeneuve, D. (Director). (2016). La llegada [Arrival] [Película]. Paramount Pictures.
NASA. (s. f.). Voyager Golden Record. NASA Science.
Un Texto de Jackson JEAN