
Un estudio de la Universidad de Cambridge publicado en abril de 2026 identifica por primera vez los mecanismos fisiológicos concretos a través de los cuales el racismo sistémico altera el cuerpo durante el embarazo. La conclusión es tan clara como incómoda: esto es una emergencia de salud pública fabricada por el racismo estructural.
Hay una estadística que vale la pena detenerse a leer con calma: las mujeres negras en el Reino Unido tienen 2,7 veces más probabilidades de morir durante el embarazo que las mujeres blancas, y los bebés negros tienen más del doble de probabilidades de morir antes de su primer cumpleaños que los bebés blancos. En Estados Unidos la cifra es aún más brutal: según los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC), las mujeres negras tienen entre tres y cuatro veces más probabilidades de morir durante el parto que las mujeres blancas.
Durante décadas, estas cifras se conocían. Lo que faltaba era entender el mecanismo. Un nuevo estudio de la Universidad de Cambridge, publicado en la revista Trends in Endocrinology & Metabolism, aporta por primera vez evidencia sobre los procesos fisiológicos concretos a través de los cuales los estresores socioambientales, como el racismo sistémico y la desventaja socioeconómica, alteran la biología del embarazo en mujeres negras.
Grace Amedor, primera autora del estudio y actualmente médica residente, lo explica así: "El embarazo y el parto someten el cuerpo de una mujer a una gran presión. Las mujeres negras pueden experimentar una carga adicional debido a factores como el racismo sistémico, la desventaja socioeconómica y los estresores ambientales. Durante el embarazo, esa carga puede afectar procesos biológicos clave de maneras que aumentan el riesgo de condiciones como la preeclampsia."
Amedor también reveló su motivación personal: al leer que las mujeres negras tenían muchas más probabilidades de morir durante o justo después del embarazo que las mujeres blancas, le resultó aterrador. Le sorprendió que, aunque esa disparidad se conocía desde hacía tiempo, existiera tan poca investigación sobre las razones fisiológicas subyacentes.
El estudio identificó tres vías biológicas específicas en las que las mujeres negras muestran diferencias medibles respecto a las mujeres blancas durante el embarazo, y todas ellas se asocian con peores resultados:
Mayor resistencia vascular uteroplacentaria. Se produce un estrechamiento de los vasos sanguíneos que puede reducir el flujo de sangre hacia la placenta. La revisión identificó diferencias en marcadores biológicos ligados a este proceso, lo que puede ayudar a explicar las mayores tasas de preeclampsia, hipertensión materna, restricción del crecimiento fetal y parto prematuro en mujeres negras.
Mayor estrés oxidativo. El estrés oxidativo ocurre cuando las moléculas dañinas denominadas especies reactivas de oxígeno superan las defensas antioxidantes del cuerpo. El estudio encontró que las mujeres negras presentan con frecuencia niveles más elevados de marcadores de estrés oxidativo y niveles más bajos de antioxidantes protectores, desequilibrios que pueden aumentar el riesgo de parto prematuro, preeclampsia y restricción del crecimiento fetal.
Mayor inflamación. Un embarazo saludable requiere una respuesta inmunitaria cuidadosamente regulada. El estudio encontró que las mujeres negras muestran niveles más elevados de varios marcadores relacionados con la inflamación, cambios que se han asociado con el parto prematuro y la preeclampsia.
Y aquí viene el dato central que hace de este estudio algo verdaderamente importante: los investigadores subrayaron que estas disparidades no tienen su origen en diferencias genéticas. El cuerpo de las mujeres negras no es más frágil por naturaleza. Es el racismo el que lo fragiliza.
Para entender de forma concreta lo que significa este estudio, conviene recordar lo que le ocurrió a Serena Williams en 2017. Millonaria, famosa en todo el mundo, con acceso a los mejores hospitales de Estados Unidos: Williams afirma que los médicos, en un principio, ignoraron su preocupación cuando, tras el parto, identificó sus propios síntomas como los de una embolia pulmonar.
Williams relata que, al marearse a la mañana siguiente del parto, preguntó a una enfermera cuándo empezaría el goteo de heparina. La respuesta fue: "Bueno, la verdad es que no sabemos si eso es lo que necesitas en este momento." La dejaron sin escuchar.
Williams sobrevivió. Y ella misma extrajo la conclusión más clara: "En Estados Unidos, las mujeres negras tienen casi tres veces más probabilidades de morir durante o después del parto que sus homólogas blancas. Los expertos consideran que muchas de estas muertes son evitables. Ser escuchada y tratada adecuadamente fue la diferencia entre la vida y la muerte para mí."
Si a la mujer negra más famosa y poderosa del deporte mundial le ignoraron los síntomas, la pregunta es obvia: ¿qué le ocurre a las mujeres negras que carecen de esa visibilidad, de ese dinero, de esa capacidad de insistir?
El sesgo no solo opera en la actitud de los médicos. Se encuentra también grabado en los libros de texto. Durante generaciones, la medicina occidental enseñó que las personas negras tenían una mayor tolerancia al dolor que las personas blancas, un mito sin base científica que hundía sus raíces en la pseudociencia racista del siglo XIX y que tuvo consecuencias directas en la infradosificación analgésica de pacientes negros.
Las mujeres negras con alto nivel socioeconómico presentan un riesgo considerablemente mayor de resultados adversos durante el embarazo en comparación con las mujeres blancas con alto o bajo nivel socioeconómico. Las mujeres negras con estudios universitarios tenían 5,2 veces más probabilidades de morir por complicaciones relacionadas con el embarazo que las mujeres blancas con estudios universitarios, y 1,6 veces más probabilidades de morir que las mujeres blancas con menos que la educación secundaria.
Esto lo dice todo. El dinero, la educación y el acceso sanitario reducen el riesgo, pero el racismo supera a todos esos factores. El equipo de Cambridge espera que sus hallazgos contribuyan a orientar nuevos enfoques para reducir la disparidad en los resultados del embarazo entre mujeres negras y blancas. Pero subrayan que el cambio a largo plazo depende de abordar las condiciones sociales que generan estos resultados desiguales.
El profesor Dino Giussani, autor principal del estudio, lo resumió de forma directa: los hallazgos muestran cuánto puede la desigualdad social moldear los resultados de salud, y la conversación debe ir más allá del acceso a la atención sanitaria, poniendo mayor énfasis en abordar las condiciones estructurales que generan estos riesgos.
Dicho de otra manera: el problema está en la sociedad, y la solución también tiene que estarlo. Más diversidad en el personal sanitario, formación antirracista en medicina, protocolos específicos para reducir el sesgo implícito en la atención a mujeres negras, y —sobre todo— políticas que ataquen las raíces de la desigualdad socioeconómica que el racismo produce y reproduce.
El cuerpo de las mujeres negras lleva escrito, en su biología, el historial de una sociedad racista. Este estudio lo demuestra. Ahora falta la voluntad política de cambiarlo.
Una reflexión de Quinndy Akeju
Fuentes: University of Cambridge / EurekAlert!, Trends in Endocrinology & Metabolism, Black Current News, The Root, Trombo.info, Population Reference Bureau.