
Han llegado más de 600 personas al Estado Español, la mayoría jóvenes marroquíes, cruzando a nado, bordeando el espigón del Tarajal en Ceuta, ciudad fronteriza entre el Estado Español y Marruecos ubicada en el Norte de África, mientras la gendarmería arroquí se retiraba de su lado de la frontera. Cientos de personas han dormido en la calle y España ya ha pactado con Marruecos la devolución urgente de los últimos llegados, lo cual no debería estar permitido.
Llamar a esto "crisis migratoria" es incorrecto. Es una crisis humanitaria, las personas que migran están en condición de vulnerabilidad. Y es una crisis política, porque no es casualidad que esto esté sucediendo ahora.
Buena parte de la prensa (racista) ha optado por hablar de "avalancha", "oleada" o "asalto a la frontera", un vocabulario deshumanizador prestado de las catástrofes naturales y las invasiones militares que convierte a las personas migrantes en una masa amenazante. A estas les aclaramos: migrar es un derecho. Ese lenguaje deshumanizador influye en el público y crea el caldo de cultivo para el miedo social, en lugar de la empatía.
Marruecos ya demostró en 2021 que sabe abrir y cerrar la frontera de Ceuta como herramienta de presión diplomática, cuando dejó pasar a más de 6.000 personas en pocos días como represalia porque España había acogido por motivos humanitarios a Brahim Ghali, líder del Frente Polisario (del Sáhara Occidental, territorio parcialmente ocupado por Marruecos). Meses después Pedro Sánchez giró la política exterior española y respaldó el plan marroquí de “autonomía” (ocupación) para el Sáhara Occidental.
Ahora el guion se repite. Diez días antes de que empezaran a llegar cientas de personas a Ceuta, Sánchez viajó a Argel para relanzar la relación con Argelia, el gran rival regional de Marruecos y principal proveedor de gas de España. Y solo una semana antes, el Congreso dio luz verde a la ley que reconocerá la nacionalidad española a decenas de miles de personas saharauis nacidas bajo administración colonial española, un golpe simbólico a la narrativa marroquí sobre el Sáhara. La frontera se ha vuelto a abrir justo cuando España se acerca a Argelia y reconoce los lazos históricos con el pueblo saharaui.
Cada vez que estas imágenes llegan a los medios, el debate público se desplaza hacia el terreno migratorio, el terreno donde la extrema derecha construye su discurso desde hace años. Cuantas más portadas hablen de "invasión" y "descontrol", más fácil resulta capitalizar el miedo electoralmente.
Todo ocurre además sobre un tablero geopolítico que favorece a Marruecos. Estados Unidos reconoció en 2020 la “soberanía marroquí”, es decir, la ocupación imperialista de Marruecos, sobre el Sáhara Occidental a cambio de que Rabat normalizara relaciones con Israel, sumándose a los Acuerdos de Abraham. Desde entonces la cooperación militar entre Washington, Rabat y Tel Aviv se ha estrechado, y esto influye también en las relaciones diplomáticas que se forman.
Un texto de Quinndy Akeju